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viernes, 29 de septiembre de 2023

15. Enrique IV, rey de Castilla y de León.

 



Tras la muerte del condestable y la del rey Juan II, fue coronado Enrique IV, un hombre débil y manipulable, que desde muy joven se rodeaba de personajes sin escrúpulos, astutos y ambiciosos, como Juan Pacheco y otros que vendrán después, y le favorecía desmedidamente en todo lo que deseaba. Llevaba una carrera parecida a la de Álvaro de Luna, a quien seguía e imitaba, con la importante diferencia de que este siempre fue leal a Juan II y luchó denodadamente para que mantuviera la corona, mientras que Juan Pacheco traicionará a Enrique, luchará contra él, simulará con otros nobles su deposición en Ávila en 1465 y proclamarán rey a su hermanastro Alfonso, un niño entonces. Entre las apetencias insaciables del nuevo privado estaba hacerse con buena parte del patrimonio de Álvaro de Luna, a través del matrimonio de su hijo y heredero, Diego López Pacheco y Portocarrero, con María de Luna y Pimentel hija de aquel y de la condesa, que iba a tener una importante dote.

 

 

Miniatura retrato de Enrique IV en la E de inicio de un privilegio rodado a Juan Pacheco, AHN, Nobleza, Frias,CP.34,D17

 

Juana no olvidaba que Pacheco había contribuido a la muerte de su esposo, a pesar de haber sido su deudo, criados en su casa y presentados en la corte él y su hermano Pedro Girón, por el condestable. Se negó a esa propuesta, no dejaría que su querida hija María y su dote cayeran en manos del codicioso privado, ahora preferido de Enrique IV. Después comprobaría que Pacheco seguiría persiguiendo su objetivo, quería el patrimonio y título de su casa; podrá salvar a su hija, pero con su nieta no podrá evitarlo, porque por medio estaba el poder del rey Enrique, que para complacer a su privado pasará por encima de los derechos de Juana y utilizará la difamación y la mentira para confiscarle los bienes y quitarle la tutela de su nieta con una fórmula despreciable e impropia de un rey.

La condesa empezó a buscar cómo impedir que Pacheco casara a su hijo con María. La casa de los Mendoza era muy poderosa y rica y también tenía mala relación con el privado del rey e incluso con este. En 1458 había fallecido el primer marqués de Santillana, Íñigo López de Mendoza, y había heredado el título Diego Hurtado de Mendoza. Juana tenía lazos familiares con ellos a través de su bisabuelo, Pedro González de Mendoza, que también lo era del actual marqués. Hay autores que destacan el interés de los Mendoza por hacerse con el patrimonio de Álvaro de Luna como explicación de esta boda, (interés que desde luego existiría) pero no recuerdan en sus textos esa relación parental que en las casas nobles era un lazo importante para acordar matrimonios y que incluía el aspecto patrimonial. Además de ese parentesco, había relación con los Luna y por tanto con Álvaro, pues Brianda de Luna había sido la primera esposa de Diego Hurtado de Mendoza segundo marqués de Santillana, y era hija de María de Luna, tía del condestable, y de Juan Hurtado de Mendoza y Castilla. Así que no era nada extraño que quisieran casar a sus hijos.

 

 

Boda de María de Berry y Felipe de Artois, 1393, Crónicas de Jean Froissart, escritas entre 1373 y 1400, The British  Library, Harley MS 4380, f 6r.

 

 

Ambos hablaron del matrimonio: María de Luna y Pimentel con el heredero Íñigo López de Mendoza, un joven muy culto de parecida edad a María, buen guerrero y amante de las letras y las artes como su abuelo. En aquellos días la condesa se encontraba en Guadalajara, y las negociaciones con el marqués habían llegado a un acuerdo, por lo que se reunieron para firmar la escritura de capitulaciones el 21 de marzo de 1459. Y el día 30 volvían a encontrarse para continuar con la formalidad, primero en Guadalajara y después en Ayllón que era patrimonio del condado de San Esteban, ahora de su nieta y que Juana controlaba como tutora. Al mismo tiempo, como señora de Montalbán, con Diego Hurtado de Mendoza y Juan de Luna y Mendoza, alcaide de Soria, y sobrino de Álvaro de Luna, firmaban una confederación nobiliaria y pleito homenaje para su cumplimiento, (1) porque necesitaban apoyarse frente a las maquinaciones de Juan Pacheco y la conducta del rey.

Juana Pimentel y Diego Hurtado se comprometían a pedir dispensa de matrimonio al papa por la consaguinidad de los novios, que eran familia por parte de los Luna y los Mendoza. Las condiciones eran propias de dos familias de la alta nobleza, Juana aportaba 1000 vasallos que rentaban 200.000 maravedíes al año, y daría a su hija 30.000 florines en ajuar y joyas. El marqués daba a su hijo otros 1000 vasallos asentados en la villa de Saldaña y su tierra, con renta de 400.000 maravedíes anuales o en otras villas que no fueran de mayorazgo; y en concepto de arras daría a la novia 600.000 maravedíes, además de ropas y objetos necesarios para su adorno, y se haría ante Pedro González de Mendoza, obispo de Calahorra, tío de Íñigo, y realmente cabeza y jerarca de la casa de los Mendoza, y Juan de Luna, el sobrino del condestable, que permanecía fiel a su familia y actuaba con el cariño y la dedicación de un hijo.

El marqués fundaría un mayorazgo a favor de Íñigo antes del matrimonio, con las villas y heredamientos que él había recibido de su padre y que abarcaba un riquísimo patrimonio en los alrededores de Guadalajara, Madrid, Álava, Castilla y Asturias de Santillana. (2) El proyecto era que el matrimonio se celebrase al año siguiente de 1460, pero las circunstancias cambiaron y les obligaron a llevarlo a cabo de otra forma.

El acuerdo de boda fue conocido por Juan Pacheco que inmediatamente presionó al monarca para que interviniera. La mano del valido estará detrás de las decisiones que va a tomar el rey, el privado estaba furioso con el compromiso de matrimonio de María de Luna y Pimentel e Íñigo López de Mendoza, no quería perder la oportunidad de conseguir a la hija, y trató de impedirlo.

 

 

Enrique IV de Castilla, parte de miniatura de Itinerarium de G. von Ehingen, Wurtemberg Land Bible,cod.hist.qt.141. S.85,

https://es.wikipedia.org/wiki/Enrique_IV_de_Castilla#/media/Archivo:Enrique_IV_de_Castilla_cropped


 

Primero se dedicó a convencer a Enrique IV de lo desleal y peligroso que era Juan de Luna y Mendoza, sobrino del condestable, que gobernaba la administración de los bienes de la nieta de aquel, ayudaba a la familia en cualquier servicio que necesitara, y en ese momento se encontraba en aquellos territorios. La ambición por aquel patrimonio y su título le reconcomía. Resulta vergonzoso y sorprendente que por la influencia del privado, Enrique IV moviera lo que movió, yéndose en abril a Ayllón a detener por falsas acusaciones, a Juan de Luna a quien amenazó de condena de muerte, (3) que no sólo acató al rey sino que se comprometió a devolver castillos y villas que administraba en nombre de la condesa de San Esteban, A primeros de mayo se firmaban las capitulaciones entre Juan de Luna y el rey sobre las fortalezas que aquel le entregaba. (4)

Amonestó a Juana, que se encontraba también en Ayllón con su hija y su nieta, criticando su forma de llevar la tutela de esta, y le advirtió de que se la quitaría si no se enmendaba. Juana se había marchado a sus tierras allende los puertos mandada por el rey. Allí poco después fue cercada por orden del monarca porque había enviado cartas dando órdenes contra ella, al mariscal y al alcaide de los alcázares de Toledo para que cercaran, combatieran y tomaran por la fuerza los castillos de la Puebla de Montalbán, La Adrada, Arenas y Castil de Bayuela, todos pertenecientes a la condesa. Los argumentos del rey son teatrales, faltos de contenido, realmente estaban dictados por la ira de su mayordomo mayor Juan Pacheco. La condesa de Montalbán estuvo cercada por el mariscal Payo de Rivera y el alcaide de los alcázares de Toledo con gentes de aquella ciudad y sus tierras, hasta que después del compromiso de Juana, el 6 de mayo Enrique ordenaba a los cercadores dejarla salir libre de la fortaleza a ella y a sus dependientes. (5) En una real provisión de la misma fecha manda que se le devuelvan todas las fortaleza, villas y lugares que le había sido confiscadas por su orden. (6) También le enviaba una cédula en la que le prometía y aseguraba sobre su real palabra a ella, a su hija María y a su nieta Juana que no le serían tomadas sus casas, fortalezas, villas y lugares. (7) 

 

 

Puerta Rabanera, Soria, España sus monumentos y arte, Nicolás Rabanal, dibujos a pluma: Isidro Gil, 1889, https://bibliotecadigital.jcyl.es/catalogo_imagenes/grupo.do?path=10065732


 

En el castillo de Alfaro, donde había seguidores de Juan de Luna y Mendoza y del fallecido condestable, se rebelaron al saber que el rey lo había detenido, y este tuvo que mandar a dos de sus vasallos para que fueran a combatirla. Ya en Soria, de la que Juan de Luna y Mendoza poseía la tenencia de la ciudad y la fortaleza, y era su vasallo, guarda mayor y miembro del consejo real, Enrique pretendía que fuera ajusticiado, por lo que el noble le entregó todas las propiedades de la pequeña condesa de San Esteban de Gormaz de las que él era gobernador y le hizo pleito homenaje de servirle y obedecerlo. El 20 de mayo en Soria el rey finalmente perdonaba a sus seguidores que se habían levantado en Alfaro. (8) A continuación para quitarle de en medio, porque era un estorbo para el proyecto de su valido, lo desterró y tuvo que partir para el reino de Aragón.

El 9 de junio el monarca y el marqués de Villena, Juan Pacheco firman unas capitulaciones con Juana Pimentel por las que entre otros acuerdos el rey le hace merced de las fortalezas de Montalbán, Arenas y La Adrada. (9) No acabarían aquí los problemas que el valido provocará a Juana, que tendrá que seguir luchando por defender a su nieta y a su patrimonio.

Otro conflicto pendiente, en este caso en la casa de los Mendoza, volverá a aparecer. En 1441, tiempos de Juan II, el condestable Álvaro de Luna le había sugerido que diera la villa de Guadalajara al príncipe Enrique, para quitársela a su enemigo Íñigo López de Mendoza que andaba enfrentándosele con maquinaciones en los bandos nobiliarios. Mendoza resistió el envite y no lo permitió, tomando él la fortaleza de Alcalá la Vieja (hoy de Henares) que pertenecía al arzobispo de Toledo, hermanastro de Luna, que este sitió y le quitó. Como Íñigo cambiaba de bando según sus intereses, tiempo después su participación a favor del rey en la batalla de Olmedo le facilitó el marquesado de Santillana y el ducado del Real de Manzanares. La posesión de Guadalajara quedó en suspenso para Enrique. 

 

 

Iglesia de Santa María, Guadalajara, España artística y monumental, dibujos: de G. Pérez Villaamil, texto: P. de la Escosura, litografías: vv.aa., 1850, https://es.wikipedia.org/wiki/Concatedral_de_Guadalajara#/media/Archivo:1850


 

Y en este otoño de 1459 volvía a resurgir como forma de humillar al II marqués de Santillana por comprometer a su heredero con la hija de Juana Pimentel. Enrique IV mandó tomar la villa, donde las tropas fueron ayudadas por algunos caballeros de Guadalajara. Como el rey se acercara hacia allí con más gentes de armas, Diego Hurtado de Mendoza salió y fue a refugiarse con su familia en el castillo de Hita, también de su propiedad. Cuando Juana conoció la noticia comprobó que el rey y su privado estaban dispuestos a realizar cualquier maniobra con tal de obtener sus deseos.

En marzo de 1460 el monarca se presentó en Guadalajara, y obligó al marqués, que había regresado a su palacio, a darle el alcázar de la villa. Era también un castigo instigado por el mismo manipulador, y según Francisco Layna le hacía salir de la ciudad por un tiempo. Para evitar la boda entre los dos jóvenes, el rey “(…) puso guarniciones propias en los castillos de la condesa de Montalbán so pretexto de intervenirlos transitoriamente, pero en rigor para evitar alguna mala pasada de los Mendoza pues ya Pacheco tenía noticias del proyecto matrimonial que uniría más a ambas familias dando al traste con las ambiciones de aquél, y pasado algún tiempo hizo que don Enrique escribiese a doña Juana instándola a que consintiera la boda de su hija con Diego López Pacheco, carta que mereció una respuesta evasiva y dilatoria aunque respetuosa.” (10) 

 

Notas


(1) Archivo Histórico de Nobleza, OSUNA,C.1860,D.9.

(2) VV.AA. Documentos sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo, vol. 1, docs. 1294 y 1298. Dirección: Ladero Quesada, Miguel A., Olivera Serrano, César. Universidad Carlos III de Madrid, 2016.

(3) Enríquez del Castillo, Diego, Crónica del rey D. Enrique IV, pp. 31 y 32, Madrid, 1787.

(4) Archivo Histórico de la Nobleza, FRIAS,C.95,D.10-11.

(5) Ibidem, FRIAS,C.126,D.24.

(6) Ibidem, FRIAS,C.95,D.14-15.

(7) Ibidem, FRIAS,C.95,D.12.

(8) VV. AA. Documentos sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo, vol. 1, doc. 1316. Dirección: Ladero Quesada, Miguel A., Olivera Serrano, César. Universidad Carlos III de Madrid, 2016.

(9) Archivo Histórico de la Nobleza, FRIAS,C..126,D.27-28.

(10) Layna Serrano, Francisco, Historia de Guadalajara y sus Mendoza en los siglos XV y XVI, Tomo II, p. 112, CSIC, Instituto Jerónimo Zurita, Aldus, S. A. Madrid, 1942. https://patrimoniodigital.castillalamancha.es/es/consulta/

 




16. Boda secreta en Arenas de Ferrerías.

 


El rey amenazaba a Juana con graves penas si casaba a su hija sin su autorización, y relevó la guardia de vigilancia del castillo de Arenas de Ferrerías, sustituyéndola por la propia del monarca, para controlar los movimientos de la condesa, que lo comunicó al que sería su consuegro, el marqués de Santillana, para cambiar los planes que tenían.

 


 

Puente medieval sobre el río Arenal, Arenas de San Pedro. Fotografía: Tiétarteve.com, https://tietarteve.com/puente-medieval-aquelcabo-copia/

 

El resultado fue una boda secreta en la propia fortaleza de Arenas. A primeros de julio de 1460 se encontraba la condesa en compañía de su hija, su nieta con el aya, Beatriz de Benavente, su camarera mayor, y otras damas que habitualmente vivían con ellas, el capellán y un escribano, aparte del servicio. Una noche oscura, cuando aparentemente todos dormían, a un canto de búho respondido por una luz que en un momento se apagó y otro canto de búho, desde la torre dejaron caer una cuerda, por la que ascendió el novio, que debía de estar en muy buenas condiciones físicas a sus veintidós años. Arriba fue cariñosamente acogido, y allí con las damas como testigos, el escribano que levantaba acta del acontecimiento, el capellán procedió a realizar la ceremonia de matrimonio para que después fuera consumado por la pareja. Íñigo López de Mendoza permaneció unos días con ellas, y después partió con la misma cautela que había venido. La ceremonia secreta la recoge (1) Francisco Layna Serrano en su Historia de Guadalajara y sus Mendozas en los siglos XV y XVI, que era un médico estudioso de la historia de Guadalajara y su provincia, gran defensor de su patrimonio artístico y cronista, y cuya labor concienzuda no deja dudas de que tomó esa información de alguna fuente seria, aunque parezca como él mismo decía, novelesca.

 

 

Ropaje de una dama del siglo XV, santa Catalina, proyecto de altar, anónimo, Museo Nacional del Prado, Madrid.



 

 

María se quedó embarazada, y como el rey insistiera en su boda con el primogénito de Pacheco, Juana Pimentel le respondió: “(…) que su hija habíase casado con el primogénito de Mendoza, estaba preñada y de esta manera figurábase que no la querría el de Villena para mujer de su hijo. (…).” (2) El enfado del privado y de Enrique fue notable, y Juan Pacheco comenzó a preparar su segunda opción para obtener buena parte del patrimonio de Álvaro de Luna.

Mientras tanto Juana Pimentel y Diego Hurtado de Mendoza concertaron la boda oficial de María e Íñigo, y se llevó a efecto en el castillo de Arenas, probablemente hacia primeros del año 1461, porque Juana entregaba la dote a su hija según documento de 31 de enero de aquel año, y a cambio de los 1000 vasallos comprometidos, le daba las villas de La Torre de Esteban Hambrán, Prado y Alamín en tierras de Toledo, y La Figuera y Castil de Bayuela en territorio de Ávila, con sus tierras, jurisdicción, rentas y derechos y las tercias, excepto el derecho de paso de ganado por Alamín y La Torre, que ella mantiene, y los 5000 maravedíes de juro anual que dio a su criada y camarera Juana de Benavente, (probablemente hermana de su camarera mayor) en la cabeza de los pechos de La Torre. (3)

En el mismo castillo nacía el 9 de marzo de 1461 el heredero del marqués de Santillana y María de Luna. Un niño al que llamarían Diego, como su abuelo paterno. La pareja debió de ser feliz, ambos eran cultos, amantes del arte y juntos acometerán entre otras, la tarea de terminar la capilla del condestable en la catedral del Toledo.

 

Notas

(1) Francisco Layna Serrano, Historia de Guadalajara y sus Mendozas en los siglos XV y XVI, Tomo II, pp. 113 y 114, CSIC, Instituto Jerónimo Zurita, Aldus, S. A. Madrid, 1942. https://patrimoniodigital.castillalamancha.es/es/consulta/

(2) Ibidem, p. 114.

(3) VV. AA. Documentos sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo, vol. 1, doc. 1492. Dirección: Ladero Quesada, Miguel A., Olivera Serrano, César. Universidad Carlos III de Madrid, 2016.


jueves, 28 de septiembre de 2023

18. El desafío de Juana al rey Enrique IV (y II).

 

 

 

Juan de Luna y Mendoza había regresado de su destierro acompañado de hombres del condado de San Esteban que apoyaban a los Luna, y querían ayudar a la viuda del condestable contra el privado Juan Pacheco, al que muchos odiaban por su prepotencia y maldad. Juana tenía la energía y el valor para repelerlo si intentaba tomar alguna de sus fortalezas, y abasteció y pertrechó varias de ellas y sobre todo la de Montalbán.

Era grande, de una superficie de 16500 metros cuadrados totalmente amurallados, (1) y potente sobre un cortado al norte y al noroeste por la escarpa del río Torcón, y al este y al oeste defendida por dos torrenteras. Estaba rodeada de murallas, y la parte sur, que da a un llano, tenía un foso y un torreón semicircular almenado, saeteras, barbacana exterior y aspilleras. Para acceder al interior había dos puertas protegidas por grandes torres albarranas pentagonales.

 

 

 

Arco que une una torre albarrana y la muralla del castillo de Montalbán, Toledo, De Wikipedio-commonswiki - Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=55667362

 

En ese castillo, dado el curso de los acontecimientos, Juana con la ayuda de Juan de Luna y Mendoza, y rodeada de incondicionales decidió hacerse fuerte contra las persecución de Juan Pacheco. La hueste del rey se desplazó hasta Montalbán para sitiarla, pero no era tarea fácil. Los asediados estaban muy bien defendidos en aquella fortaleza. En abril Juana hace un escrito de protesta estando cercada por el ejército del monarca, y lo envía con Joan de la Cámara, un criado, camarero y procurador de mucha confianza para que hablara con Rodrigo de Bivar, capitán de los hombres del mariscal Payo de Ribera, y transmitirle su asombro por aquel asedio, porque no sabía el motivo. Se sentía agraviada, forzada y molestada injusta e indebidamente, y quería enviar mensajeros a Enrique IV para conocer la razón de aquel acoso, y poder satisfacer sus demandas en todo lo que quisiera y ordenase si ella lo podía hacer. La respuesta fue negativa.

 

 

Comitiva de la reina Helen, Biblioteca Nacional Austriaca, https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Martinus_opifex_001

 

Decidió tomar otra iniciativa y salir del castillo para irse con su séquito a La Puebla de Montalbán. Iba montada en una mula acompañada por sus damas, doncellas, caballeros, criados, mozos de espuelas y de su cámara, cuando se encontró con caballeros que no se identificaron (amenazante conducta en aquella época) y le preguntaron que a dónde iba, a lo que ella les contestó que a La Puebla, y ellos le respondieron que “no fallecería muerta y deshonrada” si desistían y regresaban a su fortaleza de Montalbán o a otro lugar seguro. Los acompañantes de Juana le aconsejaron que se volvieran. La situación empeoró porque Enrique, probablemente aconsejado por Juan Pacheco, mandó envenenar las aguas que abastecían al castillo, y empezaron a morir los hombres. Juana experimentaba de nuevo la ofensa y el maltrato, y mandó hacer un escrito expresando su protesta y reclamando su derecho a salir de allí con sus gentes sin daño. No obtendrá satisfacción, aquella persecución estaba llegando a un nivel que requería una respuesta. (2) En un mundo de hombres violentos y codiciosos que no respetaban derechos, quiso responder en su mismo lenguaje.

 

 

La vraie ystoire dou bon roi Alixandre, 1333-c.1340, The British Library Royal MS 19 D I


Se defenderán con truenos (pieza de artillería) y bombardas (cañones de gran tamaño). “(…) perseverando en la dicha su desobediencia é rebelion, é peleando é tirando, é mandando pelear é tirar contra nos con truenos é bombardas, é con otros pertrechos contra mis gentes é capitanes é contra los que por mi mandado les iban á requerir é publicar las dichas mis cartas (…) mayormente que para la mas convencer yo fui en persona cerca del castillo de Montalban, é levantando mi pendon real por mi rey de armas é con trompetas, pública é notoria é solemnemente la requeri é llamé é fice requerir é llamar para que me acogiese é recibiese é ficiese acoger é recibir en el dicho castillo, segund que era obligado á su Rey é Señor natural, ofreciéndola para ello suficiente seguridad; é todavia perseveró en su rebelion é desobediencia, é lo que mas grave es, mandó é permitió tirar contra mi é contra el dicho mi pendon real é rey de armas é otras mis gentes que conmigo estaban con truenos é bombardas en muy grande menosprecio é ofensa mia é de mi corona é preeminencia real: de lo qual todo fué avisado é retado ante mí por el mi procurador fiscal é segund debia.” (3) Dirá más adelante en una cédula, inserta además para más ironía en la de merced de la villa de La Puebla de Montalbán al marqués de Villena.

Pero estaba encarando el poder de un rey, tendrá que rendirse y será juzgada por traición con confiscación total de bienes y condenada a pena de muerte. ¿Enrique IV de Castilla iba a llevarla al patíbulo a cortarle la cabeza como su padre hizo con su esposo? Era demasiado para aquel monarca condescendiente, además todo el entorno de Juana le presionó y solicitó su perdón, desde su consuegro el marqués de Santillana, su yerno Íñigo López de Mendoza, hasta su hermano Alfonso de Pimentel y otros familiares y amigos.

Una vez más, Juana Pimentel debía abandonar una villa y un castillo al que se sentía muy unida, recuerdo de su esposo, para que fuera a parar a manos de un personaje tan inicuo y malvado como Juan Pacheco.

El 24 de diciembre de 1461 Enrique IV donaba la villa de La Puebla de Montalbán a Juan Pacheco, marqués de Villena, que había sido confiscada con todos sus bienes a Juana Pimentel. En la cédula incluía la carta escrita días antes en la que decía que por sus muchos excesos y delitos, desobediencia y rebelión en gran deservicio de Dios y de él, le había confiscado todas sus propiedades, tomadas para su cámara y fisco (4). Le recordaba que había perdonado y desterrado del reino a Juan de Luna y Mendoza y a ella prohibido que lo admitiera en sus villas, y que ambos le habían jurado y hecho pleito homenaje de esa palabra que no habían cumplido.

 

Notas

(1)https://cultura.castillalamancha.es/patrimonio/catalogo-patrimonio-cultural/castillo-de-san-martin-de-montalban

(2) Archivo Histórico de la Nobleza, FRIAS,C.126,D.25.

(3) Memorias de don Enrique IV de Castilla, Tomo II Colección diplomática compuesta y ordenada por la RAH, doc. LXVIII, Madrid, 1835 – 1913.

(4) VV.AA. Documentos sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo, vol. 1, doc. 1569. Dirección: Ladero Quesada, Miguel A. y Olivera Serrano, César, Universidad Carlos III de Madrid, 2016.














miércoles, 27 de septiembre de 2023

19. Menos recursos y una vida recogida.

 

 

 

El rey perdonó a Juana en febrero de 1462 y acabó devolviéndole Arenas de Ferrerías con el castillo y la fortaleza, y con todos sus derechos, rentas y pechos, penas y caloñas; reconociéndole un juro de por vida de 125.000 maravedíes sobre rentas de la ciudad de Sevilla y los bienes que poseía en los castillos de Arenas y Montalbán. Más otros 100.000 maravedíes que también tenía en los libros de cuentas del rey. La condesa tuvo que hacer pleito homenaje de todo ello, texto que se encuentra en un borrador del Archivo General de Simancas, sin fecha, pero probablemente de febrero de 1462, diciendo que no acogería a Juan de Luna ni a ninguno de los suyos, “(…) excepto Furtado e don Alonso fijos del dicho Juan Luna mis criados que han de estar conmigo, (…).” (1) Juan de Luna y Mendoza regresó a la frontera con Aragón y se reintegró con su familia en aquel reino, donde luchará al lado del rey Juan II de aquella corona. A su lado, en el cerco sobre Lérida: “(…) y fue muerto de un tiro de lombarda un caballero castellano de los más preciados y estimados de aquella corte llamado don Juan de Luna.” (2) Efectivamente, en otro tiempo Juan de Luna fue un noble valorado por sus virtudes guerreras, y por la fidelidad a su tío el condestable y después a su tía, la condesa de Montalbán, de la que había tenido que despedirse para siempre. Fue herido de muerte en la guerra civil catalana, en el verano de 1464.



Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, Arenas de San Pedro, www.TietarTeVe.com/iglesia-nuestra-senora-asuncion-arenasdesanpedro/

 

Durante lo que le quede de vida Juana vivirá apartada de la corte, no le interesaba participar en aquel ambiente corrupto, enrarecido de intrigas y envidias, en el que los privados se disputaban el poder y el favor del rey, y además ya no tenía nada que defender. Su hija María estaba integrada en la familia de los Mendoza, su nieta en la casa de su enemigo, del que no olvidará jamás que se la había quitado a la fuerza con la complicidad del monarca. Juan de Luna y Mendoza, al que apreciaba como a un hijo de Álvaro de Luna, se había marchado a la corte del reino de Aragón. Y ella se dedicaba a una vida de retiro, de oración y centrada en la gobernación de la hacienda que le quedaba, tendrá que prescindir de algunos servidores y oficiales porque había perdido mucho patrimonio. Sus costumbres se simplificaron para adaptarse a sus menores ingresos, ya no necesitaba lujos ni gastos superfluos, aunque seguía utilizando telas, vajilla, alfombras, muebles y objetos suntuosos adquiridos por Álvaro de Luna, y de los que no quería desprenderse. Muy mal recuerdo tendrá de los dos reyes Juan II y Enrique IV, ejemplos de falta de carácter y de ineptitud para el gobierno, el primero había mandado matar a su esposo inicuamente, y el segundo había facilitado que su privado se apropiara con mentiras y su apoyo, de su nieta y de su patrimonio.


 

Castillo de la Atalaya, Villena, propiedad de Juan Pacheco, https://turismovillena.com/portfolio/castillo-de-atalaya/

 

Además de Juan Pacheco, ya había en la corte otro protegido del rey que ascendía cada vez más en cargos y posesiones. En 1461 el monarca donaba a Beltrán de la Cueva, Colmenar de Arenas y las dehesas de Valdetiétar y la Figueruela. Esos pastos ricos para ganadería, tanto estable como trashumante, eran utilizados por Arenas de Ferrerías y Candeleda, propiedades que continuaban en manos de Juana, por lo que comenzará un enfrentamiento legal entre ellos.

Cuando los asuntos con el rey y el privado se sosegaron, Gonzalo Chacón ayudó a la condesa y consiguió el traslado de los restos del condestable a la capilla de Santiago en la catedral de Toledo, aunque no sabemos la fecha exacta. Este caballero se había criado en casa de Álvaro de Luna, y como hemos visto fue un fiel servidor de su señor, y que estuvo con él hasta sus últimos momentos. Era hijo del alguacil mayor del maestre en la Orden de Santiago, y por esa razón había sido educado por él, por lo que tuvo una magnífica crianza, como si de un hijo propio se tratase. Permaneció a su lado todo el tiempo y tras su muerte, siguió manteniendo muy buena relación con Juana y sus hijos. Se le atribuye la Crónica de don Álvaro de Luna, en la que muestra una imagen laudatoria del protagonista, casi literaria, de la historia de ese periodo. Más que una crónica parece una biografía, pero era lo que Chacón deseaba hacer, recordar las cualidades del condestable como un gran hombre, que efectivamente había sido, aunque también con un lado ambicioso, a veces duro y cruel (así era la sociedad entonces), astuto para perseguir sus objetivos cada vez más elevados, que el autor minimiza resaltando su mejor cara. Poco a poco se estaba rehabilitando la imagen del condestable que Juan II y los nobles habían ensuciado y envilecido hasta un extremo irreal.

Chacón había estado preso por su gran relación con él, pero en seguida estuvo en libertad vigilada, y procuró vivir sin llamar la atención, dada la inquina de Enrique IV a Álvaro de Luna y a su entorno, sin embargo, pronto se le encontrará sirviendo a la infanta Isabel de Castilla y a su hermano Alfonso, los hijos de Isabel de Portugal, viuda de Juan II, con problemas mentales desde su muerte, y retirada en Arévalo o Madrigal, lejos de los lujos de la corte. Un caballero honesto e íntegro, con su conocimiento de las ideas de su señor, el recuerdo de su ejemplo y vivencias con aquel hombre al que admiraba y quería profundamente como a un padre, contribuirá a la apreciación y valoración por parte de la infanta.

 


 

Gonzalo Chacón, anónimo, De pintor no identificado - https://eccehomo.zonalibre.org/archives/044455.html,Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=28915780


Y el talante de la futura Isabel I, tanto hacia Juana Pimentel como a su hija María de Luna y hacia la memoria de Álvaro de Luna, será muy diferente al de su hermanastro Enrique IV. Incluso Isabel y su hermano Alfonso irán con Chacón a ver la capilla fundada por él, “El qual (Gonzalo Chacón) como acaesciesse que fuesse con aquellos Infantes a Toledo, tovo manera de ir con ellos á ver una mucho notable capilla que el bienaventurado Maestre avia fundado á muy grand costa en la Iglesia Catedral de Toledo. De la qual vista se siguió, que de una intercession en otra, solicitandolo aquel caballero, finalmente á instancia de un Religioso Prior del Monesterio que disce de las Cuebas de Sevilla, el qual se llamaba Fray Fernando de Torres, el cuerpo del bienaventurado Maestre fué levado con mucho honor é solemnidad del Monesterio de Sant Francisco, donde estaba en Valladolid, á aquella capilla intitulada de Sanctiago, que assi avia fundado el bienaventurado Maestre, en la qual estan hoy sepultados su cuerpo, é el de su hermano Don Juan Arzobispo que fué de Toledo.” (3)

Gonzalo Chacón será contador y mayordomo mayor de la princesa y luego reina Isabel y continuará a su lado desde los tiempos más difíciles como hombre de gran confianza, por lo que obtendrá más cargos, y será encumbrado por los reyes Isabel y Fernando.


 

Virgen de los Reyes Católicos, pintor hispanoflamenco castellano, siglo XV, Museo Nacional del Prado, Madrid.


Una vez fallecido Enrique IV en 1474, Isabel se proclamaba reina de Castilla, y se producía la guerra civil entre sus partidarios y los de su sobrina Juana, hija del rey anterior. Pero Isabel, instalada su corte en el alcázar de Segovia, empezó a tomar decisiones y a ejercer como reina, y entre las medidas que adoptó se encontraba una que afectaba a Juana Pimentel, porque el 13 de febrero de 1476, los reyes católicos firmaban una cédula “(…) por la que ofrecen a los condes de Saldaña, Íñigo López de Mendoza y doña María de Luna, guardarles justicia en sus pretensiones a los bienes de Álvaro de Luna, condestable de Castilla, padre de doña María.” (4) Tras más de dieciséis años desde la persecución del rey Enrique IV por al patrimonio de su esposo, se reconocía como legítima sucesora a María de Luna y Pimentel, un paso muy importante para la rehabilitación de Álvaro, y Juana se sintió aliviada del sufrimiento que le había producido cómo la trató aquel rey y cómo le había quitado a su nieta.

Efectivamente hacia 1475, la guerra civil se había recrudecido entre los partidarios de las infantas Isabel y Juana. Las tierras del Alberche y el Tiétar también vivían las refriegas entre ambos bandos, y las disputas señoriales por la propiedad de villas y castillos que en otro tiempo habían sido de Álvaro de Luna, como La Adrada y Colmenar, por los que Juana Pimentel, el 25 de febrero de 1475 hacía una reclamación en la contienda que tenía con el duque de Alburquerque, (Beltrán de la Cueva). (5) En el caso del castillo de Alamín y otras posesiones, el obispo Pedro González de Mendoza, requerido por los reyes católicos para que estudiara el litigio, fallaba a favor de Íñigo López de Mendoza, María de Luna y Juana Pimentel, y que aquellos confirmaban después.

 

 

Casa tradicional, La Adrada, Ávila, fotografía: José Berlinches, https://laadrada.net/la-adrada-ayer-post/


 

En cuanto a San Martín de Valdeiglesias, Juana y su yerno Íñigo López de Mendoza, conde de Ledesma, tenían otro pleito con Gonzalo Ruiz de León, guarda mayor del rey Enrique IV. Durante la década de los años 70 Juana mantiene una gran actividad a pesar de su edad, avanzada para la época, pues en 1474 cumplía sesenta años, y participa junto con su hija y su yerno en sus exigencias y reclamaciones del patrimonio confiscado. Probablemente se estaba trasladando a vivir en Guadalajara con ellos, pero seguía personalmente esos asuntos en la zona de allende los puertos. En plena guerra civil el alcaide se encastilló en la fortaleza de San Martín, por lo que Íñigo López de Mendoza y Juana la asediaron. El heredero de la casa de Mendoza llevaba sus vasallos, pero Juana tenía la ayuda de los vecinos de Arenas de Ferrerías, como ella misma reconocerá cuando en 1487 done a los de Arenas las dehesas que poseía, con la condición de que no las enajenaran: “En pago de los muchos, buenos y leales servicios que continuamente me habéis hecho y en especial por el gran servicio que de vosotros recibí en el cerco que yo puse a mi villa de San Martín de Valdeiglesias donde me servisteis lealmente con cuarenta peones durante cien días y por ese servicio tuvisteis grandes gastos y daños en vuestras personas y haciendas y me fuisteis de mucha ayuda para que yo recobrase mi villa de San Martín que indebidamente me había sido usurpada.” (6)

Íñigo López de Mendoza asaltaba la fortaleza y conseguía su objetivo. En octubre de 1479 Juana había confirmado el mercado franco semanal a la villa, y ya fallecida en noviembre de 1488, unos días después los duques habían confirmado los usos y costumbres de la villa. Posteriormente, en 1490 él y su esposa volvían a confirmar los privilegios de mercado franco y de usos y costumbres de la villa, en agradecimiento a “(…) la mucha lealtad e amor que vos el conçexo, justiçia, rrexidores, ofiçiales e omes buenos de la villa de San Martín e todos los veçinos e moradores della, christianos e judíos e moros siempre tubistes con la dicha señora condesa nuestra señora madre que gloria aya e con nosotros ansi en vida de la dicha señora al tiempo del sitio e çerco que yo el dicho duque puse sobre vuestra fortalesa de la dicha villa de San Martín, donde con muchos trabaxos de buestras personas e gastos e perdidas de buestras haziendas nos servistes como en otros diversos tienpos en que nos feçistes muchos e buenos e agradables serviçios los quales a nos son çiertos (…).” (7)

Unos meses más tarde en septiembre, Ruiz de León acabó vendiendo la villa a María de Luna y Pimentel. Poco a poco tanto esta, como duquesa del Infantado, gracias al apoyo de su esposo y de Pedro González de Mendoza, arzobispo de Toledo desde 1482, había ido obteniendo la recuperación de buena parte del patrimonio de Álvaro de Luna que le correspondía. Juana veía con alegría esos triunfos, frente a los que les habían despojado de sus posesiones y de la herencia de su hija.


Notas

(1) Huarte y Echenique, Amalio, Doña Juana Pimentel, señora del castillos de Alamín, (1453 – 62), doc. V, Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos,
(Cuarta época, año V), Tomo LVII, Madrid, 1951, n.º 2.

(2) Zurita, Jerónimo, Anales de la corona de Aragón, libro XVII, cap. LV, (p. 249) Ed.  Canellas López, A., Ed. electrónica Iso, J. J., Libros en red.

(3) Chacón, Gonzalo, Crónica de D. Álvaro de Luna, Condestable de los reynos de
Castilla y de Leó
n, pp. 383 y 384. Edición y apéndices de Joseph Miguel de Flores, Madrid, 1784.

(4) Colección Salazar y Castro, M-9, fº 295 y 295 v. RAH.

(5) Archivo Histórico de la Nobleza, OSUNA,C.1740,D.3(4)

(6) Tejero Robledo, Eduardo, El castillo de Arenas, López Dávalos y Juana de Pimentel, pp. 21 y 22, Trasierra, 5, 2002.

(7) García Garcimartín, Hugo J., Articulación jurisdiccional y dinámica socioeconómica de un espacio natural: la cuenca del Alberche (siglos XII – XV),
tesis doctoral, doc. 24 pp. 916 y 917, Madrid, 2002.














20. Traslado a la casa de los Mendoza en Guadalajara.

 


 

En ese tiempo, década de los 70, se había trasladado al lado de su hija María y su esposo Íñigo López de Mendoza a las antiguas casas de Pedro González de Mendoza, bisabuelo de Juana y tatarabuelo de Íñigo, donde vivían los Mendoza. A partir de entonces convivirá en ese ambiente lujoso al lado de su hija, y con ese yerno magnánimo y cariñoso, y sus tres nietos: Diego, el que había nacido en su palacio de Arenas de las Ferrerías; Álvaro, llamado así en honor a Álvaro de Luna, esposo de Juana y abuelo de los jóvenes, y al que ella miraba con especial atención; y la pequeña Francisca, que ya era una adolescente.

 

 

Monasterio de San Francisco, Guadalajara, España artística y monumental, dibujos: G. Pérez Villaamil, texto: P. de la Escosura, litografías: vv.aa., https://ddd.uab.cat/record/59987

 


Juana dejó Arenas de Ferrerías con tristeza, porque en esa villa y castillo quedaban muchos de sus recuerdos. En su viaje a Guadalajara se llevó a la mayoría de su servidumbre y sus criados que se integrarían en la gran casa familiar. Probablemente iban con ella los hijos de Juan de Luna y Mendoza, Furtado y Alonso, a los que ella tanto quería, así como sus damas y doncellas. También llevaría los objetos que le quedaban como joyas, tapices, alfombras, cortinas de paramentos, cojines, vajilla, y otros utensilios porque seguiría manteniendo cierta independencia integrada en Guadalajara.

Tiempo después de vivir allí en 1480, su yerno inició una gran empresa constructora, tuvieron que trasladarse a la casa palacio del arzobispo Pedro González de Mendoza, porque la vieja casa ancestral donde habitaban fue derribada para construir en su solar un magnífico palacio gótico isabelino con detalles de arte mudéjar, como el adorno de cabezas de clavos. Las trazas serían de Juan Guas que trabajaba para la familia, y más adelante intervendrá en la capilla del condestable en la catedral de Toledo, por encargo de María de Luna, una vez fallecida su madre.

Íñigo ya era III marqués de Santillana y II duque del Infantado por muerte de su padre en 1479, eso significaba asumir todas las tareas de gestión del patrimonio que había heredado por mayorazgo, y que había ejercido su padre. Era un hombre tranquilo, poco interesado en la guerra y en adquirir más posesiones, y que salió poco de su estado alcarreño.

 


Pedro González de Mendoza, cardenal y arzobispo de Toledo, copia de M. Moreno González en 1877 del cuadro original de Juan de Borgoña, siglo XVI, Museo Nacional del Prado, Madrid.

 

La gran valía y protagonismo del arzobispo de Toledo, su tío Pedro González de Mendoza le habían convertido desde hacía años en cabeza de linaje de los Mendoza, primado desde 1482, era consejero muy cercano a los reyes católicos. No sólo ejercía como consejero religioso sino como militar en las expediciones guerreras y como inteligente diplomático, además de gran mecenas con sus obras arquitectónicas en Castilla.

Y su sobrino, con una sólida cultura y gran tradición familiar por las expresiones artísticas, hacia 1480, “(…) acometió la magna de construir en Guadalajara el soberbio palacio (sin duda el más rico y de más ostentosa apariencia entre los construidos por la aristocracia en España), (…) nadie podía competir con el segundo duque del Infantado en la cantidad y calidad de tapices flamencos, ni de muebles lujosos, ni ricas armaduras; ni en el número o alcurnia de sus servidores entre los que figuraban muchos hidalgos y aun hijos de familias próceres, ni en el de monteros, ni en el de sus jaurías, ni en el de sus gerifaltes, azores, neblíes, halcones y otras aves utilizadas para la cetrería; (…).” (1) 

F. Layna Serrano señala que el duque era un noble sencillo y de grandes virtudes, muy amante de su familia, con gran gusto por el boato y la magnificencia como adecuado a su apellido, de buen trato con sus inferiores, sin envidias y con profundos sentimientos religiosos. Ya habíamos comprobado que no se le conocen amantes ni hijos bastardos: “(…) el amor que profesó a su esposa doña María de Luna hiciéronle casto siendo don Íñigo desde este punto de vista una excepción entre los demás Mendozas, pues fué raro el individuo de esa familia que no contó entre sus hijos algunos naturales.” (2) Era un gran aristócrata que permanecerá más tiempo en sus territorios y en su pequeña corte de Guadalajara que en la corte de los reyes, porque allí ya estaba y brillaba su tío el gran arzobispo. Sin embargo hará empréstitos a los monarcas para las expediciones a Granada y enviará a sus vasallos con un capitán o alguno de sus hijos en su nombre a todas las campañas de guerra. Él acudirá personalmente a la de 1486.

 

 

Patio del palacio de los duques del Infantado, Guadalajara, España artística y monumental, dibujos: G. Pérez Villaamil, texto: P. de la Escosura, litografías: vv.aa., https://ddd.uab.cat/record/59987


Juana vería cómo se alzaba la fachada y el patio del nuevo palacio que disfrutarían su hija y sus nietos. La ciudad tenía una vida económica animada gracias a la presencia de su familia, porque además del palacio del duque se estaba erigiendo la iglesia del convento de San Francisco que también dirigía Juan Guas por mandato del cardenal y arzobispo de Toledo, Pedro González de Mendoza.

Avanzado el año de 1480 Juana había tenido noticia de que su nieta Juana de Luna había fallecido a los veinticuatro años en Belmonte en la casa familiar de los Pacheco, y fue enterrada en la iglesia mayor de Cuenca. Era una vieja herida en su corazón que le traía recuerdos de los tiempos en que Enrique IV y Juan Pacheco la había perseguido con saña y le habían robado a su nieta por su patrimonio. La pequeña se había criado entre extraños, con la intención de casarla con el primogénito del valido en 1469, cumplidos los trece años. “(…) y como fruto de su unión dejó un hijo paralítico, nacido en Belmonte en 24 de abril de 1472, que alcanzó escasamente treinta años de vida.” (3)

Desde tiempo atrás existían varios pleitos entre Íñigo López de Mendoza, su esposa María de Luna y Juana Pimentel contra el marqués de Villena por varias posesiones de la herencia de Álvaro de Luna requisadas por Enrique IV y donadas a Juan Pacheco.

Aún pudo ver cómo Isabel I intervino para que se llegara a un acuerdo que se firmaría en Guadalajara en marzo de 1488 entre las dos familias imponiendo un matrimonio cruzado entre ambos linajes. Uno de esos casamientos se refería al bisnieto de Juana, Juan Pacheco de Luna que fue prometido a Francisca de Mendoza, (la hija menor de María de Luna y por lo tanto nieta de Juana). Pero la boda no llegó a realizarse por la muerte del que era heredero del condado de San Esteban de Gormaz y de las posesiones de su madre. “Al morir Juan (Pacheco de Luna), el marqués de Villena heredó de su hijo el título de conde de Santisteban, y dió por sentencia arbitral de la Reina Católica de 1503 una satisfacción en bienes a la casa del Infantado para evitar el litigio que amenazaba la sucesión del conde.” (4)

 


Brocado, Lyón, 1727, https://es.wikipedia.org/wiki/Brocado#/media/Archivo:Rot-silberner_Ornat_1727_Bamberg_Di%C3%B6zesanmuseum_detail.



En 1483 el deán y el cabildo de la catedral de Toledo requerían a la condesa de Montalbán y a su hija la duquesa del Infantado que dotasen la capilla del maestre y realizaran algún reparo, por no tener muchos bienes que él dejara al tiempo de su muerte. Ambas en junio en Guadalajara, con la licencia del duque, daban poder a un bachiller de su consejo, para que ajustara con ellos todo lo necesario para la dote y restauración.

Después Juana, en Guadalajara a 8 de mayo de 1484 señaló dotación y equipamiento para que tuviera medios suficientes. Los restos del condestable ya habían sido trasladados a Toledo desde la iglesia de San Francisco de Valladolid: “(…) en la santa yglesia de Toledo donde su cuerpo esta sepultado, (…).” Juana se refiere a la intención de su esposo: “(…) fue de ornar la dicha capilla e la guarneçer de ornamentos, e cosas nesçesarias a ella, e la dotar asi magnificamente como su persona e estado lo requeria, (…).” (5) Entregaba a un canónigo de la catedral ornamentos de seda y oro y objetos de plata, que incluía piezas extraordinarias, como una casulla de brocado carmesí de terciopelo y terciopelo sin cortar; la estola igual con las armas de los Luna; dalmáticas; albas de tejido de Bretaña, una estola; casulla de damasco; y numerosas vestiduras de calidad; un frontal de rico verde raso bordado de oro; un cáliz dorado con patena; 2 candeleros y vinajeras de plata, además de otros muchos objetos de gran valor como un misal toledano de pergamino.

Por otra parte, daba como dote 30.000 maravedíes de renta cada año, correspondiente a los derechos del paso de ganado en la Torre de Esteban Hambrán, y también del tributo sobre los solares en casas y heredades de la misma villa. Establecía que tres capellanes digan cada uno tres misas en cada semana, una de ellas cantada, del oficio de Santa María y que se haga conmemoración de difuntos por las almas de Álvaro de Luna y de sus familiares allí enterrados, porque también estaban los restos de su hijo Juan de Luna y Pimentel y los del arzobispo Juan de Cerezuela, hermanastro del condestable. Además de otras precisiones sobre las ceremonias y sobre cómo tiene que estar cuidada la capilla. Dice que ya había entregado un paño de brocado para cubrir la sepultura de su esposo. (6)

 

Notas

(1) Layna Serrano, Francisco, Historia de Guadalajara y sus Mendozas: en los siglos XV y XVI, Tomo II, p. 217. https://patrimoniodigital.castillalamancha.es/es/consulta/resultados_ocr.do

(2) Ibidem, p. 218.

(3) Huarte y Echenique, Amalio, Doña Juana Pimentel, señora del castillo de Alamín, (1453-62), p. 275, Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos,
(Cuarta época. Año V) Tomo LVII, n.º 2, Madrid, 1951.

(4) ibidem.

(5) González Palencia, C., La capilla de Álvaro de Luna, doc. II, p. 112. Archivo español de arte y arqueología, n.º XIII, 1929.

(6) Ibidem, pp. 113, 114 y 115.















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